LA PRINCESA QUE CREÍA EN LOS CUENTOS DE HADAS

Autora: Marcia Grad
Ediciones Obelisco, 1998, Barcelona, España.
Título original: “The Princess who believed in Fairy Tales”.

Este es un cuento alegórico, de bella narración, al más puro estilo de los cuentos de hadas. Relata la historia de una princesa que, desde su más tierna infancia, creció rodeada de mitos familiares, conformados en leyes, reflejadas en el llamado “Código Real”. En él todo estaba escrito: le esperaba una vida maravillosa, repleta de felicidad, belleza y perfección. Solo debía guiarse por las leyes de dicho código para ser una auténtica reina el día de mañana.

Sin embargo, comienzan a sucederle cosas inesperadas, incomprensibles, que nadie le había dicho que le sucederían, que no estaban en el guión. La princesa se siente muy rara, sufre, se angustia, se entristece y su vida se va tiñendo de colores oscuros, su corazón se va llenando de amargura y frustración. Para poner fin a tanto dolor toma la decisión de emprender un viaje, aconsejada por un sabio buho, en busca de la felicidad.

A lo largo de un largo, difícil y fabuloso viaje recorrerá el Camino de la Verdad, aprenderá a nadar en el Mar de la Emoción, visitará la Tierra de la Ilusión, el Campamento de los Viajeros Perdidos, el País de Es, hasta alcanzar un lugar llamado Memoria. Continuando su camino, llegará al Valle de la Perfección, de donde se dirigirá hacia el Templo de la Verdad. Es aquí donde toda la sabiduría que va obteniendo a lo largo del viaje confluye al encontrar el Pergamino Sagrado. Por fin consigue hacer realidad su anhelo: saber en qué consiste la felicidad y el amor verdadero.

La lectura de este cuento me hizo recordar muchas historias de mujeres que he conocido en la consulta. Mujeres que desde niñas fueron educadas para satisfacer y hacer felices a los demás, a sus padres primero, luego a su marido, a sus hijos, a sus jefes, a sus amigos… En definitiva, a todos menos a ellas mismas. Fueron educadas en el sometimiento a unas normas, a unos mitos familiares, sociales, culturales, que suponían sacrificio, entrega, dedicación absoluta, renuncias.

Las mujeres que aprendieron que debían someterse siempre a las necesidades y deseos de los otros, buscan actuando así ser consideradas, amadas y valoradas, creyendo que encontraran de esta manera la felicidad que tanto ansían. Pero en la entrega, en la renuncia se van olvidando de sus propias necesidades y deseos, diluyéndose su identidad, convirtiéndose en un complemento del otro y pasando así a estar en sus manos. Como me expresaba hace poco una mujer de manera muy gráfica: “Me he convertido en la plastilina de mi marido, me adapto a él, me pliego, y él me aplasta y espachurra, yo sé que lo permito con tal de tenerle, de estar con él…mi felicidad depende de cómo se sienta él…”

En esta dinámica, la inseguridad y el temor van creciendo y la autoestima se va debilitando. Otra mujer llorando, muy angustiada, me decía, refiriéndose a su familia,: “Nunca sé cómo acertar, cómo hacerlo mejor, nunca es suficiente lo que hago para ellos…” El sentimiento de fracaso, de invalidez, de nulidad personal se va apoderando de la mujer y aparecen los síntomas: depresión, muchos tipos de somatizaciones, fobia social, crisis de ansiedad.

Las mujeres con tan baja autoestima son posibles víctimas propiciatorias de abuso y maltrato psicológico por parte de personas narcisistas, manipuladoras, soberbias, envidiosas, perversas, de los hoy llamados acosadores morales (aquí hago referencia al libro de Marie-France Hirigoyen “El acoso moral”), si es que no lo han sufrido ya desde la infancia por parte de sus primeras figuras de apego.

El trabajo que los terapeutas realizamos para ayudar a las personas a encontrarse a sí mismas, a diferenciarse, a crecer en individuación, a aumentar su autoestima y aprender a resolver sus conflictos, resulta, a mi parecer, muy similar a un viaje, en el que terapeuta y paciente hacen un recorrido por el mundo relacional pasado-presente de la persona en busca de su identidad, de sus valores, de sus necesidades y deseos para por fin recuperarse a sí mismas. Les acompañamos en ese viaje para contenerles en el sufrimiento y ayudarles a enfrentarse a lo que temen.

Esta similitud me llevó a probar el recomendar su lectura a algunas mujeres que realizaban su terapia conmigo, siguiendo la idea que nos transmitió Edith Tillman cuando nos visitó en Madrid en 1999 y porque según yo vivo la experiencia de ser terapeuta, todas las herramientas y recursos técnicos que puedan servir para este fin merece la pena explorarlos.

El resultado ha sido sorprendentemente útil. Las mujeres que lo han leído me refieren que les ha sorprendido encontrarse tan vivamente reflejadas en este cuento y el sentirse identificadas con la protagonista. Por mi parte he podido constatar que les ha ayudado a elaborar sus vivencias, facilitando el trabajo terapéutico al tener un material metafórico que complementa la narrativa de la paciente. Creo que el efecto en algunos casos es casi catártico, como les sucede a los niños cuando piden a sus padres que les cuenten una y otra vez ese cuento por el que muestran una especial preferencia.

Me he animado a comentar este libro (no técnico) para recomendar su lectura a los/as psicoterapeutas que trabajen en terapia individual con mujeres, en terapia de pareja y/o en terapia de familia, para que valoren si puede servirles de ayuda en el logro de objetivos terapéuticos, tal como yo he podido constatar.

La autora de este cuento es Marcia Grad, consultora y asesora de imagen, dirige seminarios de crecimiento personal para grupos, empresas y profesionales en E.E.U.U. y es autora de varios libros sobre autoayuda.

Fuente: Alicia Liñán Poyán, Publicado en la revista MOSAICO de la F.E.A.T.F. nº 16 (Año 2000)

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