Etiquetas

, , , , , , , , ,

El 24 de mayo publiqué en este blog una parte de mi historia, se llama Testimonio de una mujer “con carnes”. Releyéndome noté que hay una parte que faltó así nació esta segunda entrega. Hoy quise escribirte nuevamente, princesa de cristal. Sí, a ti. En las webs de Anas y Mias he encontrado reflejados algunos de mis miedos. Hoy quiero abrir mi corazón y sentir dentro de mí lo que me une a cada Ana y Mia del planeta. Es cierto yo no vomito ni paso hambre pero algunas veces no me alimento de lo que necesito y deseo y otras veces me atasco de cosas que necesito tanto que luego tengo que vomitarlas. Hablo de algo que parece diferente, pero creo que sólo “lo parece” pero no lo es. Un amigo decía que: un tanto así es la vida, como la vivimos y como creemos o queremos vivirla.
****
Mi cuerpo ha sido mi yo, lo que soy. Al menos eso pensaba antes. Últimamente he pasado épocas en que veo a mi cuerpo como si no fuera mi yo, y puedo pensar, actuar y verme desde afuera, sí, desde afuera de mi cuerpo. Puedo sentir que soy algo más que mi cuerpo, ahora. Debo reconocer que esos momentos en que me veo desde afuera han sido los más felices de mi vida.
¿El cuerpo se tiene o se es? Yo creía que yo era sólo mi cuerpo, lo creía firmemente. Luego descubrí que habitar mi cuerpo es disfrutar un préstamo temporal, tan sólo una fase de todo lo que fui, soy y seré.
En esos años cuando yo era sólo mi cuerpo me importaba mucho lo que los otros pensaran sobre él, mucho más que lo que pensara yo. Notaba que con mi cuerpo, podía desatar pasiones, odios, envidias, amores y una serie de emociones que me gustaban o me disgustan, pero finalmente mi cuerpo las podía producir, todas y en los demás. Era una forma de estar viva, de que los demás me reconocieran, era la única forma de existir, pensaba yo.
Trataba de producir solamente las buenas emociones, claro, así empezaron unas tras otras mis confusiones. Descubrí que mi mismo cuerpo podía desatar cosas diferentes en distintas personas, algunos hombres me miraban con lujuria por mis carnes y a otros les parecían detestables. Yo quería ser flaca, porque mis amigas las flacas conquistaban más hombres. Pero apesar de eso ahí estaban un grupo pequeño pero real de hombres que les gustaban mis gorditos y les parecían sexys. Entonces, ¿a quién debía yo hacerle caso? ¿A los que opinaban que me veía bien gordita o a los que decían “creo que ya te toca una dieta”?
En esos tiempos me encontraba muy confundida, lo que yo deseaba era sentirme bien. Sentía que mi estar bien dependía de los demás, de verdad lo sentía. Mi vida era como una montaña rusa, unas días estaba feliz de tener “carnes bien puestas” y al día siguiente estaba tan deprimida, en el hoyo y a punto de querer cortarme los gorditos con un cuchillo. La mayoría de las veces en que quería hacer uso del cuchillo, algún evento desagradable anterior lo había causado. Ejemplo: ir a una fiesta y que todas mis amigas bailaran menos yo. Yo pensaba “¡son mis gorditos, seguro les doy asco!”.
No fue sencillo llegar a una resolución. Pero algo dentro mí me decía que mi confusión no podía ser eterna, que tendría que decidir que era lo que más me interesaba. Yo elegí que yo quería sentirme feliz… y volví a caer en el mismo dilema. ¿Qué hacer si mi felicidad sólo surgía cuando los hombres me decían te ves bella, linda, hermosa y me gustas así? Yo quería bailar como las otras. La respuesta estaba muy clara para aquellos días: tenía que ser como la mayoría de los hombres querían que yo fuera para ser feliz. Nuevamente comenzó el suplicio. Nunca he sido de dietas, me cuestan mucho. Soy de buen comer y la verdad es que me gusta comer. ¿Cómo estar flaca? ¿Cómo se hace eso? No aprendí, nunca aprendí. Entonces seguía yo gordita y al mismo tiempo pensando que tenía que ser flaca porque así le gustaban las mujeres a la mayoría de los hombres.
En mis años adolescentes comencé a contradecir las normas sociales, decidí ser punk (quizás porque eso de ser flaca no se me daba). Qué más da… entre tanta ropa y color negro y maquillajes raros, alguien me notaría. Quizás algunos de los hombres punks con los que andaba les llamaría más la atención mi vestimenta y la manera de arreglarme que si yo era flaca o gorda. La cosa resultó. ¿Quién sabe que tiene en la cabeza un adolescente punk? Yo tampoco sabía, pero el tema era que yo comenzaba a gustarles. En cierto modo, había encontrado mi lugar, un grupo que me aceptaba y con el cual me sentía identificada. Es importante tener una familia, un grupo más allá de tus hermanos o tus padres. Esta familia yo la había elegido, no nací en ella ni me la impuso la vida, Dios o la evolución humana.
Cuando veía a mis antiguas amigas que no eran punks, las veía allí flaquitas y con muchos hombres revoloteando alrededor de ellas. Esta vez, yo también tenía hombres revoloteando alrededor de mí. Entonces yo y mis amigos punks eramos “nosotros” y las flacas y sus hombres eran “ellos”. Aunque “ellos” y “nosotros” buscábamos exactamente lo mismo: elegir una familia y tener la fortuna de que una familia te eligiera.
“Tú eres como nosotros”, esa frase alimenta y quita los miedos, vaya que sí.
Hoy viéndolo desde mis 37 años me parece que las princesas de cristal son una familia y las mías y las anas buscan lo mismo que yo cuando tenía 15 años: elegir una familia y pertenecer.
Hoy, 11 de mayo 2010, a mis 38 años pienso en esto: ¿cuál es el costo de pertenecer” a un grupo X? Si bien toda búsqueda es genuina, la que sea, hay búsquedas que te dejan SECA como una ciruela pasa. Otras búsquedas te llevan por caminos duros, dolorosos y solitarios. Leí en un libro que para encontrar a tu manada hay que aprender a aullar. Siempre hay un lugar para ti, una familia “adoptiva” que te dé amor y a quien puedas tú dárselo. El asunto es que hay familias donde el amor implica que tú sufras y que lastimes tu cuerpo, tu salud. Quien te acepta realmente te acepta como eres, no te pide que seas alguien que no eres. La vida es una constante elección. Las familias “adoptadas”, esas que tú eliges, van cambiando con el paso de los años. Hoy miro hacia atrás y me gustan unas familias que adopté más que otras. Otras definitivamente no me gustan ya. En unas creía estar bien cuidada, protegida, y resultaron cárceles más que familias amorosas. Nada es bueno ni malo en sí mismo, lo que sí sé ahora es que mi mejor apuesta, mi mejor familia “adoptiva” es la que me respeta y me ayuda a respetarme a mí misma. Es la que cuando vea que no me estoy respetando me dice: ojo con tus elecciones. Asume las consecuencias de tus actos, de tus comportamientos, eso me dice mi psicóloga todo el tiempo. La neta, es una sabia. Ella (querida Diana) pertenece a mi nueva manada. Sin duda.
T.R.
Anuncios