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“Nadie se puede sanar, hiriendo a otra persona.” San Ambrosio 
“Resulta difícil pensar en la violencia, lo que explica que nos cueste identificarla, no queremos verla en nosotros, aunque aceptar nuestra ambivalencia nos permitiría procesarla mejor.” Isabel Menéndez, autora del libro Mujeres maltratadas
  

No sólo los hombres en este siglo XXI se han vuelto más violentos sino las féminas también. Reflexionaba sobre el porqué nosotras estamos violentando a otr@s, qué nos duele, cómo ejercemos la violencia, y cómo salir de esta actitud que afecta a nuestras relaciones de pareja, familiares y laborales.

Eckhart Tolle en su libro Una Nueva Tierra utiliza un concepto que me parece útil para hablar de la violencia femenina: el cuerpo del dolor (Pain-body). Se trata de la acumulación energética negativa (carga emocional) que se aloja dentro de ti y que utiliza tu fuerza vital. Tolle lo describe como “casi una entidad con su propia agenda”, ya que produce que tus reacciones a las situaciones que vives sean estereotipadas, llenas de miedo y manejadas por tu ego. Esta explicación se puede agrupar dentro de las propuestas que conciben al cuerpo humano como un campo electromagnético (para más información ver reseñas de los libros La biología de las creencias y El genio en tus genes).

Cuando el cuerpo del dolor se activa, las células guardan el dolor físico y emocional, lo memorizan. En nuevas situaciones, toda esa carga negativa se actualizará, trayendo al presente una repetición del sufrimiento, el dolor y la angustia, es como si estuvieras viviendo nuevamente aquella situación que te lastimó en el pasado. Cuando esa reactivación se vuelve repetitiva y crónica tus células entran en un estado de superviviencia y comienzan no sólo los malestares psicológicos y emocionales sino también los físicos.
Según Tolle el cuerpo del dolor puede “heredarse”, por ejemplo, las mujeres no sólo cargamos con nuestros sufrimientos individuales sino con los de nuestras madres y personajes femeninos cercanos y con los del género femenino general. Como ya sabemos nuestra historia, la de las féminas, está repleta de maltratos, vejaciones, marginación, desigualdad, anulación de la voz y el poder individual y de grupo. Las emociones de las mujeres han sido reprimidas durante siglos y en muchos casos no hemos podido siquiera reconocer que existen, que los hechos dolorosos que vivimos sucedieron. No se han procesado ni digerido sanamente.
Como vimos el cuerpo del dolor, como campo energético, está constituido por creencias y decisiones que hicimos en el pasado, él controla nuestras reacciones en el presente. A veces hace falta sólo una pequeñez para reactivarlo, además se crea un círculo patológico en el que esta carga emocional negativa produce más pensamientos negativos y así el proceso situación mala-dolor-reacción dolorosa se mantiene activo.
Tolle va más allá, incluso afirma que el cuerpo del dolor es como un animal hambriento que se alimenta de lamentaciones, quejas, reacciones exageradas, en resumen, de tu sufrimiento. Está hecho de sufrimiento, genera sufrimiento y también se alimenta de él. Los pensamientos negativos también atraen a tu vida más experiencias malas con el fin de legitimar lo que piensas sobre ti y tu mundo: “no sirvo para nada”, “ningún hombre vale la pena”, “todos los hombres son iguales”, “las mujeres siempre tenemos la de perder”, “ojalá hubiera nacido hombre”, “si fuera hombre mis papás me aceptarían”, etc.
Los humanos en general, no sólo las mujeres, vivimos en un estado de inconsciencia, sumidos en las distracciones de la vida diaria y de los avances tecnológicos, no tenemos ni nos damos tiempo para sentir la vida tal cual es. El dolor es parte de la vida, pero no sabemos cómo sentirlo, cómo procesarlo y dejar que se vaya. Por esta razón vive con y dentro de nosotr@s. Si algo nos duele simplemente reaccionamos echándole la culpa a los demás por nuestro dolor, gritamos, amanezamos, manipulamos, tratamos con todas nuestras armas de escapar de él, de huir, de no sentirlo. Esta actitud refuerza nuestro sentido falso de identidad, te mantiene atrapada en un humano (tú) que es víctima de la gente y de las circunstancias. Te quita poder y evitas ser responsable de lo que vives, de cómo procesas lo que vives, sea algo bueno o malo.
En las mujeres, al menos en mi experiencia y la de las féminas cercanas a mí, los “fantasmas” más comunes son:  
  1. El abandono de la pareja o de los seres amados: nos pueden dejar, nos dejan, se pueden morir, se mueren.
  2. La soledad: no tener pareja o pensar que puede dejarnos y estaremos solas, que nuestros hijos crecerán y se irán, el síndrome del nido abandonado.
  3. El rechazo: no gustarle a nuestra pareja o que no le parezcamos sexys, bellas, apetecibles, inteligentes a ningún hombre, que no seamos suficiente para nuestros padres y familiares, que no nos quieran o amen, que no sea lo suficiente, lo ideal.
  4. La baja autoestima: pensar que somos muy poco, que no tenemos suficientes conocimientos, habilidades, destrezas, que no tenemos fuerza física para hacer ciertas cosas prácticas como arreglar el WC, cargar cajas, cambiar las cerraduras de la puerta.
  5. La sensación de no tener el cuerpo deseado o de que atre demasiado: matarnos de hambre, vomitar a propósito, obsesionarnos con la dieta y el peso, repudiar nuestro físico, cabello, chaparreras, barriga, ser subestimada por ser bella, que los hombres no vean nuestra inteligencia porque están viendo nuestros senos, que se vincule nuestro desempeño laboral con nuestra belleza o fealdad.
  6. La vulnerabilidad femenina: no somos tan fuertes como ellos, somos débiles, estamos más expuestas a la violencia, tenemos vagina y ano que pueden penetrarse, nuestros órganos internos son más delicados, te bañas en una alberca no tan limpia y el agua entra dentro de ti, mayor facilidad para contagiarnos de enfermedades, el hombre la porta nosotros la padecemos.
  7. El síndrome de la súper mujer: deber ser buena amante, profesional, madre y esposa.
  8. La renuncia a nuestros propios deseos.
 
Todos estos fantasmas, que te persiguen, salen a tu mundo y de tí en forma de miedo. El miedo es lo que sale hacia afuera, la energía defensiva y violenta que escapa de ti, para hacer frente a los otros, a lo que sientes por tí misma, por tu mundo, por ellos y por tu cuerpo. El miedo es lo contrario al amor, es su opuesto, siempre que te resistas a verlo, a procesarlo y aceptarlo, se volverá VIOLENCIA pura que ejercerás contra ti misma, contra tu pareja y tus hijos, tu jefe o cualquiera que se te atraviese en el camino. 
Releyendo la lista pienso que son los fantasmas que persiguen a todo ser humano, independientemente de su género, preferencia u orientación sexual. La violencia proviene de estereotipos, de ideas falsas: cómo debemos comportarnos las mujeres o los hombres, las personas. Muchas personas que viven la violencia o la ejercen piensan que su situación es única, pero la verdad es que proviene de un estereotipo social y culturalmente arraigado en nuestras mentes, siempre se da el mismo mecanismo y se repite en muchas relaciones de pareja, familiares y laborales. Cuando lees y te informas sobre la violencia es más fácil identificar dichos mecanimos, entender que no estamos solos o solas en esta situación y que hay testimonios de personas que han logrado salir de la violencia y vivir de una forma más feliz, más humana. La violencia es un fenómeno social. Los hijos sufren la violencia que ven entre sus progenitores, cualquiera física o psicológica. Muchos dicen que “no se dan cuenta” pero se ha comprobado que mientras más pequeños más les perturba y traumatiza. La violencia genera violencia, el patrón se repite si no es tratado, reorientado y sanado. La buena noticia, tener actitudes violentas sí se cura.
Cortesía de un lector (Giorgio) les recomiendo la lectura de este artículo:
“Trabajando con mujeres violentas” de Erin Pizzey (Azul Fuerte: Asociación contra la discriminación por razón de sexo)
Una historia, mil historias, ¿quizá la mía o la tuya?
La mejor manera de sentir qué nos pasa a las personas con actitudes violentas es “verse” en un reflejo emotivo y cercano. Te presento el testimonio de una mujer valiente y que me sorprendió con su sinceridad, es asidua lectora de este blog. Quizá en él puedas encontrarte y reconocerte, como lo hice yo. Reconocer la violencia es el primer paso del proceso curativo, avanti.
Geraldine, 2 de noviembre del 2008
Hola Taika. Quisiera contarte mi historia. Soy una mujer violenta, apenas hace unos días me di cuenta. Increíble. La vida tiene una parte fea, muy fea. A veces las cosas no salen como quiero, me frustra, no he logrado la vida que deseo. A veces pienso en todas las decisiones que no he tomado, las que no tomé a tiempo o que terminaron siendo malas decisiones. Me duelen todas. Estoy cansada de luchar, de que la vida tenga siempre obstáculos, muros enormes. Siento envidia por lo que los demás tienen, por las vidas que han logrado y que no se parecen a la mía. Miro alrededor y hay miles de mujeres más hermosas, más inteligentes, más jóvenes y con una vida más estable. Es cierto también hay personas en una situación peor que la mía, pero yo sólo me fijo en las que tienen, pueden y son más que yo. Será mi patología, pero así me pasa.
Yo a mis 40 años, ¿qué tengo? ¿Qué he logrado? ¿Cómo puedo competir con ellas? ¿Cómo lograr consolidar mi actual relación de pareja… si tengo tanto miedo?
Las relaciones con mis otras parejas no fueron del todo buenas. Dos de ellas duraron varios años, pero la verdad siempre tuve miedo. Miedo a amar más, a ser más vulnerable que ellos, a enamorarme demasiado o a perderme en el amor. Miedo a parecer demasiado débil, a ser una mujer que se dejara dominar por un hombre, como lo hizo mi madre. Miedo a que mi pareja fuera como mi padre. Muy dentro de mí, los hombres me dan miedo, lo acepto. Creo que por eso soy violenta, me digo “pega primero”, defiéndete antes de que él te hiera. Sé que es una cosa absurda, porque no todos los hombres son iguales, pero mi miedo puede más que mi parte coherente.
Soy profesional, estudié una carrera y me considero alguien inteligente. Pero creo que la violencia no tiene nada que ver con la inteligencia, todos mis estudios no me han curado de ella. Tengo muchas dudas, me atacan constantemente. A veces no puedo saber qué camino tomar, mi mente elabora todos los escenarios posibles y me atormentan tantos caminos, elegir bien cuál tomar y que no me duela más adelante la decisión que tomé. Creo que por eso me duele, porque siempre pienso en lo que vendrá. A veces no decido por temor al futuro, a que me lastime decidir mal, otra vez. Decidir mal es una pérdida de tiempo. Ahora luego de mucho tiempo sola finalmente tengo un compañero que me hace feliz y confieso que le tengo miedo también. O no sé quizá me tengo miedo yo, de mi capacidad para echar a perder las cosas que me importan.
Estoy contenta porque mi vida ha dado un giro interesante, pero también me siento más vulnerable. Suelo pensar que él me dejará o que es una réplica de mis antiguas parejas, todos hombres dependientes. Yo dependiente, ellos dependientes. Qué horror. Cuando siento miedo las palabras violentas se me salen solas de la boca, luego me recuerdo a mi misma diciendo lo que dije y me siento triste de ser así. No es todo el tiempo, pero a veces mi frustración se acumula y sale así como la mierda y le cae a mi pareja encima o a quién esté cerca, a mis hijos, a mi jefe. Siento que darme cuenta fue algo importante, buscaré ayuda porque no creo poder superar esto sola, me da gusto que me leas hoy.
Siento que hay una pequeña luz que se está encendiendo dentro de mi oscuridad. Apesar de todo no pierdo la fe en mí ni en mi pareja, eso ya es un paso importante. Saludos, Geraldine. 

Creo que no hay palabras que añadir, mando un abrazo cálido a todas las personas que se reconozcan en este testimonio.
T.R.

 

 

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