Etiquetas

, , , , , , , , , , , , , ,

Portada

Portada

 

 

EL SEGUNDO PRINCIPIO

Un discípulo, que entraba en la vía del Zen,  le preguntó a su maestro:  —¿Cuál es el primer principio? —Si te lo dijese —contestó el maestro—, sólo sería el segundo principio.

¿Cómo estar en paz? ¿Qué necesito para estar en paz? ¿Por qué me siento intranquilo, intranquila? Tal vez mis preguntas existenciales te recuerden a las tuyas, las que haces en tu cabeza a cada instante. A mí me han acompañado durante toda la vida y, siempre que creí haber encontrado respuestas, surgían nuevas inquietudes y formas de no estar en paz: una y otra vez. Preocupada por mi constante intranquilidad –y reconozco que también para desahogarme– abrí un blog en Internet titulado Ser siendo por Taika Ramé que se convirtió poco a poco en un sendero, un camino que, sin quererlo, fui recorriendo y todavía recorro hacia adentro de mí misma.

Al abrir el blog decidí escribir sobre mis sentimientos e ideas –al inicio utilicé un seudónimo, Taika, y luego revelé el nombre Nadir, mismo que le pusieron mis padres a este cuerpo–; deseaba sacarme el sufrimiento, pensaba que del exterior llegaría una mano amiga y salvadora que me rescataría del pozo donde me había metido. Estaba pasando –entre otras cosas– por “un ataque de mal de amores crónico”. ¿Quién no ha pasado por uno? Seguro que también tienes tu lista. ¿Cierto?

El tiempo fue pasando y, poco a poco, por la magia de Internet, algunos lectores igual de ansiosos que yo, llegaron a mis letras pidiendo ayuda y consejos. Pensaba a diario cómo poder ayudarlos si yo estaba tan asustada, tan llena de resentimientos con la vida: ¿qué puedo darles si estoy repleta de miedos? Algo vieron ellos en mí, no sabía qué, pero mis palabras les reconfortaban. Estas personas crearon un vínculo conmigo y su búsqueda de paz generó un cambio en mí: una transformación. Nuestros encuentros nos generaban paz compartida, fluida, amigable. Todos estábamos mejor; así, de forma repentina, con sólo intercambiar historias y drenar el dolor. A diario revisaba sus comentarios. A veces subía posts (notas) para distraerme y no hundirme en la depresión absoluta. Así fui leyendo mi vida y mis angustias en los relatos de mis lectores y, con la magia que produce verse reflejado en la vida de los otros, sus mensajes me cambiaron al mismo tiempo que mis letras los cambiaban a ellos. Qué bueno es sentirse apoyado, ¿verdad?

Me sentí útil ayudando y también me sentí acompañada. Notaba que no estaba aislada, que no era sólo una “loca desquiciada” que se sentía mal: yo era también “algo” más. A lo mejor éramos puros locos platicando pero, por momentos, ¡éramos loquitos felices! Nuestro secreto estaba en esos momentos de felicidad. ¿Cómo hacer para repetirlos voluntariamente? Advertí que ellos también buscaban respuestas y que mis angustias –antes únicas y mías– se repetían constantemente en las angustias de un sinfín de seres humanos; sí, teníamos un hecho en común: todos sufríamos y no sabíamos cómo dejar de hacerlo.

En años anteriores al blog había pasado por muchas indagaciones en busca de las causas de mi malestar: cinco años en psicoanálisis (lacaniano) y en dos tipos diferentes de psicoterapias, una maestría en Reiki Ho, diferentes tipos de medicinas alternativas y también muchas, muchas pastillas alopáticas. Probé incluso con el esoterismo y con la ciencia, expertos en el tarot, técnicas chamánicas, videncia y lecturas de la mano (hasta escuché acerca de la podomancia, pero no me atreví). Leí infinidad de libros de filosofía, teología, neurociencias, autoayuda y superación personal, y aún sentía ese pesar en el alma. Me sentía hundida, atrapada en el dolor. Había probado TODO, según yo, y ni así conseguía estar en paz conmigo misma. Regresaba seguido a esos momentos con mis lectores del blog pues ¡ahí estaba la solución! Pero, ¿cuál era realmente? ¿Cómo funcionaba? Senderos de paz nació en medio de una fuerte decisión de vida, una más, estaba dejando mis estudios de doctorado en antropología y decidí probar con lo que siempre había querido hacer: escribir literatura. Esa decisión de apostarle a mi deseo de ser escritora no llegó de manera suave. Fue la consecuencia de varios eventos desastrosos que me empujaron a una depresión fuerte y, luego, a un salto creativo.

Había pasado por una ruptura de pareja muy dolorosa; cuando (al fin) me mudé sola y lograba recuperarme, descubrí que un vecino desconocido me espiaba en mi propia casa con unas cámaras de video. Fue muy fuerte. Me sentí invadida en mi intimidad y totalmente vulnerable. (Fue un Big Brother a la fuerza, ¡yo no había dado mi consentimiento!) Viajé lejos en plena Navidad –un acto desesperado para olvidarme de lo sucedido y regocijarme en el abrazo amoroso de mi familia–, pero durante mi viaje intentaron secuestrarme en un taxi y tuve que saltar del auto en marcha. Sufrí lesiones graves en cuello y columna, y regresé a México con un collarín y mi entendimiento deshecho. ¿Por qué? ¿Qué he hecho para merecer esto? ¿Por qué todo me pasa? me preguntaba al mirarme al espejo con un HORROROSO e incómodo cuello artificial que me sostenía la cabeza. ¡Es aterrador cuando el espejo te regresa tu imagen y no te gusta! Como las lesiones no sanaban con las medicinas alopáticas y ya no soportaba los dolores, fui a ver a mi antiguo “huesero”, a refugiarme en su ayuda y en sus conocimientos. ¡Deseaba tanto que él me curara! Sin saberlo, estaba a punto de verme involucrada (¡una vez más!) en la locura humana: el sujeto en quien estaba depositando la mejora de mi salud trató de abusar sexualmente de mí. Por fortuna, o quizá porque me guía una fuerte intuición, alcancé a huir de su casa luego de una escena desagradable… y seguí haciéndome las mismas demandas desesperadas, una y otra vez: ¿Qué pasa en mi vida? ¿Por qué me suceden tantas, tantas cosas malas?

Acudí a la universidad harta, cansada y en pleno ataque de locura a renunciar a lo que hice durante los últimos once años de mi vida: investigación en antropología. Me di de baja temporal del doctorado y regresé a casa con una sensación de alivio y una angustia enorme, todo a la vez mezclado: sufrimiento + locura. Más locura que sufrimiento, diría yo ahora. Urgida por salvarme, me inscribí en un taller de creación literaria y viví en el mismísimo “limbo” emocional durante un año y medio, con el dinero que me dejó la venta de mi casa en Venezuela. Los pesos se agotaban rápidamente y yo seguía perdida en mis propios pensamientos y angustias. Escribí muchos cuentos de ficción, eso sí, pero seguía debatiéndome en mi cabeza: ¿estaré haciendo lo correcto o no? Deseaba saber si al abandonar el doctorado había salido del caos o sólo me metía en uno nuevo. Cómo se extraña que alguien te diga: ¡vas bien, sigue adelante! Es muy doloroso sentirse como un barco sin rumbo. No sabría decir –y la verdad es que no importa mucho– en qué momento algo se despertó en mí. Sé que los conocimientos y, principalmente, las experiencias se fueron acumulando hasta que llegué al punto de no retorno. Era imprescindible decidir qué quería HOY: ¿vivir o sobrevivir?

Yo le aposté a la vida, estaba harta, HARTA de sólo sobrevivir.

De repente, lo vi todo claro. ¡La LUZ se hizo! ¡Allí estaba! Sí, era cierto, no estaba alucinando: la magia se acumulaba a diario en mi blog, en el intercambio colectivo de historias de la vida real. Supe, sin duda alguna, que parte de la respuesta a todas mis preguntas estaba allí: “En el increíble poder de la comunicación amorosa entre dos personas.” Debía seguir ese camino y encontrar cosas nuevas. El sufrimiento se transformó en dolor. No voy a decirte que las cosas ya no me duelen; claro, hay cosas que me duelen todavía, pero la manera en que aprendí (y me enseñaron mis lectores) a reaccionar frente a mis pensamientos, emociones y percepciones me ha dado más libertad. Mi secreto para sentirme libre fue… Antes de explicarte cómo logré más libertad permíteme contarte lo que me pasó mientras escribía este libro. ¡Quedarás deslumbrado! Sucedieron tres cosas, diferentes en esencia, pero que se “amalgamaron” para darme una misma lección.

El último año trabajé como editora. Estaba muy a gusto con el oficio pero no tan cómoda con los horarios y la enorme cantidad de trabajo que tenía. Estaba de nuevo metida en una dinámica de estrés y no sabía bien cómo pararla. Analicé mucho lo que quería hacer y me di cuenta de que necesitaba armonía para escribir este libro. Mi cuerpo pedía a gritos un descanso; además, podía trabajar desde mi hogar siendo fiel a mi propio ritmo y abriendo espacios para la calidad de experiencias que deseo tener. Me había estado enfermando mucho y fui a realizarme unos estudios médicos. Los diagnósticos preliminares no lucían bien. Era posible que las lesiones en el cuello de mi útero fueran por causa del famoso (por terrible) virus del papiloma humano. Había que esperar los resultados de los análisis y yo estaba que me comía las uñas a causa de los nervios. Literalmente me las comí. Mi mente deambuló por los posibles resultados. Estaba angustiada, pero algo dentro de mí me decía: “Nadir, para estar en paz hay que meditar todas las noches. Medita, medita, medita.”

Renuncié a mi empleo en medio de las acusaciones de locura de la mayoría de mis amigos y de la difícil situación relacionada con mi salud. Decían: “Cómo te atreves a dejar un sueldo fijo en este país de desempleo casi masivo”, “¿renuncias?… ¡si te ha ido tan bien en la editorial!”, “¡estás loca!, ¿y qué harás sin tu empleo?”, “si apenas llevas un año allí”. La verdad es que mi antiguo empleo fue maravilloso. Me gustó aprender a ser editora, disfruté cada uno de los libros que ayudé a “nacer”, el ambiente laboral era muy bueno y motivador pero sentía necesidad de un cambio, una necesidad espiritual. Algo intuitivo me guió y le entregué mi nueva intención al Todo enorme, vasto y mágico que guía mis pasos. El mismo día en que se terminaba mi preaviso laboral, la doctora me llamó para decirme que mis resultados eran buenos. Lo que tenía podía resolverse con un cambio en la alimentación y varios medicamentos. Yo enseguida pensé: “Soy afortunada.” ¡Mi salud estaba bien y el susto no había pasado de ahí!

Unos días después de dejar la editorial, unos ladrones entraron a mi casa y se robaron mi computadora y otras pertenencias. Por fortuna, yo no estaba en casa cuando sucedió el robo y el archivo de este libro estaba guardado en mi correo electrónico. Lo demás se perdió: fotos, textos, recuerdos. Al principio me deprimí, lo admito. Pensé: ¿y ahora qué haré sin mi herramienta de trabajo?, ¿sin los recuerdos que se robaron, regalitos que me había dado mi hijo y otras cosas materiales? ¿Qué significado tiene esto? Lloré mucho. Con los días, al releer lo que ya tenía escrito para Senderos de paz, surgió una nueva percepción de lo ocurrido. A la semana, mi editor me prestó una computadora y comencé a escribir de nuevo. Días después tuve una reunión con mi ex-jefe en la editorial y sucedió algo mágico. MÁGICO con palabras mayúsculas. Cuando le conté lo sucedido, tomó su teléfono, llamó a su asistente y le dijo: “Tráeme una laptop.” Sí, me la obsequió con el sonriente “no faltaba más” que siguió a mi amoroso “gracias”.

Lo sucedido, una vez más, adquiría un nuevo sentido. La vida me demostraba la impermanencia de las cosas materiales y lo valioso de las comunicaciones humanas basadas en la empatía y en el amor (por qué no decirlo si la amistad es amor. ¡No hay otra palabra!) Te cuento mi experiencia para que veas que “siempre que se cierra una puerta, otra se abre”; que, como bien dice la gente, “Dios aprieta pero no ahorca” o “al mal tiempo buena cara”. Yo soy el vivo ejemplo de que las SINCRONÍAS suceden, las he experimentado infinidad de veces. Siempre trato de vencer el miedo y recibirlas con los brazos abiertos, sean buenas o malas. Si me preguntas si volvería a vivir todo lo que me pasó te respondería que por supuesto. Lo que he vivido es parte de lo que soy, pero no soy toda yo. El secreto está en descubrir lo que ya sabes, que lo bueno y lo malo son caras de una misma moneda. Si quieres vivir la vida con intensidad, tienes que probar las dos caras. No hay de otra. ¿Quieres ser libre o seguirás sufriendo eternamente?

Este libro se ocupa de algunos senderos que te guiarán hacia la paz, esos caminos que eliminarán el sufrimiento de tu vida. Escribo estas páginas con la absoluta certeza de que hemos vivido hasta el cansancio cosas parecidas y que aquello que mis lectores me contaron en el blog y lo que yo he vivido te ayudará a DESPERTAR. No importa si no entiendes por completo algunas partes de este libro. Yo tampoco entendía ni un comino cuando comencé a leer sobre el despertar, la iluminación, la felicidad, la física cuántica y el budismo Zen, pero seguí leyendo y leyendo. Ahora ésos son mis libros de cabecera y también los llevo conmigo a todas partes: al metro, a la playa, en el avión, en los cafecitos donde leo los domingos en el parque México. Vuelvo a ellos cada vez que estoy intranquila pero también cuando me cosquillea la panza de felicidad.  ¿Estás listo para este regalo increíblemente bueno?

 

*Adelanto del libro “Senderos de paz” de Nadir Chacín cedido por la Editorial Santillana, Sello Alamah, publicado en el 2008.

 

 

 

Anuncios