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La lesión que un delito produce

en el cuerpo social

es el desorden que introduce en él,

el escándalo

que provoca, el ejemplo que da,

el estímulo para repetirlo

si no es castigado, y su inherente capacidad de difundirse.

Vigilar y castigar, Michel Foucault

 

Hace algunos años tuve una conversación con uno de los supervisores en mi trabajo. Después de unos minutos hablando sobre si él ejercía violentamente o no su título de jefe, me di cuenta que o el tipo no entendía nada o yo me explicaba muy mal. Traté ―sin éxito― de describirle lo que implicaba ser mujer en un ambiente laboral machista (patriarcal). El 99% de sus subordinados éramos mujeres y él alegaba que así le encantaba trabajar: rodeado de arpías, y luego se reía (nerviosito)… Pasadas muchas lecturas y reflexiones uní los cabos sueltos. A primera vista parecía que el desencuentro había surgido de nuestra condición de mujeres subordinadas, pero había otro combustible que avivaba el conflicto jefe-empleadas: las estrategias que nosotras usábamos para enfrentar su dominación.

Hoy me interesa el quehacer humano más allá del mundo laboral porque cada área de nuestra existencia es un fractal de las ideas que sustentan al sistema de dominación (hombres) / subordinación (mujeres). En Él las mujeres no somos muy diferentes a los campesinos, los esclavos, los siervos y las castas de otras épocas y lugares. Estas clases de personas “sometidas” a un orden dominante incluyen también a las infinitas minorías: niños, ancianos, gays, indígenas, transexuales, enfermos de sida. Nuestras condiciones tienen muchos puntos en común, no sólo en tanto “dominados por…”, sino también por el fino arte en el que hemos ejercido SIN TREGUA nuestra infinita resistencia.

Las formas de dominación tienen gestos y acciones muy parecidos. Generalmente cada sistema de dominación busca asegurar que los dominadores se apropien del trabajo, los bienes, los servicios, los derechos políticos y civiles y la posición social de los dominados. En la actualidad se permite cierta movilidad social, pero aunque subas un poquito parece que siempre seremos subordinados de alguien. Parece un destino ya trazado y sin posibilidades de cambio… ¿de verdad lo es o no? ¿Las mujeres estamos completamente “dominadas” por los hombres y el sistema patriarcal?

         Se ha dicho mucho que los subordinados, en este caso las mujeres, replicamos y legitimamos el mismo orden hegemónico del que somos “esclavas”. ¿Qué significa esto? Significa que el sistema de dominación, el que ordena, decodifica y pone títulos a las mujeres que domina, aparece ante nuestros ojos como si ser subordinadas fuera algo natural e inevitable para nuestro género. Como tener piel, una vagina o respirar. A ese proceso psico-sociológico se le ha llamado naturalización (o falsa consciencia) y se dice que a través de él nos hemos vuelto sumisas, débiles, subordinadas de alguien más, la mayoría de las veces un hombre, jefe, padre, sacerdote, maestro o cualquiera que ocupe el lugar del dominante. También podría ser tu propia madre, hermana o suegra machista hasta el tuétano. Una larga cadenas de tiran@s.

         Estas versiones suponen que el sistema dominante crea una ideología hegemónica y todopoderosa, que convence a las mujeres de que el orden social que les rodea es bueno para ellas y que no se puede abolir de ninguna forma. En pocas palabras arguye que aceptamos nuestra condición de dominadas prácticamente por consentimiento o por resignación. Digamos que en su versión más sutil estas teorías sostienen que el logro de la dominación masculina ha sido decirnos a las mujeres lo que es y no realista en nuestras aspiraciones, y conducir las posibles quejas que tengamos al terreno de los sueños inútiles. Así producen en nosotras una suerte de obediencia. Se piensa que por el mismo hecho de que el sistema nos adoctrina para que creamos imposibles las mejoras de nuestra condición, entonces nuestros deseos siempre terminan esfumándose. Se ha afirmado que como pensamos que nuestra dominación es inevitable también de algún modo la creemos justa. Que el sistema que nos oprime hace justicia a sus propias leyes naturales.

         En resumen se sostiene que las mujeres no podemos accionar el rechazo contra la dominación masculina en la que vivimos. Se ha creído que es difícil que las mujeres actuemos un papel social subordinado y a la vez tengamos una imagen de nosotras mismas diferente del papel que interpretamos dentro del gran sistema de dominación-subordinación. Hombres arriba, mujeres abajo. Como si nosotras no tuviéramos ningún control sobre el papel que nos imponen los hombres o el sistema patriarcal en su totalidad. Si esto fuera cierto cómo se explica que aquí y allá hayan surgido y aún surjan mujeres y grupos de ellas que creen y actúan como si su condición subordinada no fuera inevitable… cuando una miradita al sistema les habría hecho pensar que sí lo era. Parece que mientras que el discurso de los hombres sostiene que nuestra dominación está naturalizada, existe una fuerza antagonista ―y equilibradora― que desnaturaliza su dominación. La inevitabilidad pretendida por la dominación no la vuelve necesariamente justa o legítima ante nuestros ojos.

         Se equivocan al pensar que el desconocimiento por parte de las mujeres de órdenes sociales alternativos produce de inmediato la naturalización del presente, del status quo, aunque éste nos parezca terrible. Qué mujer no ha soñado con ser la jefa de un puñado de hombres y someterlos a sus propios designios dictatoriales. No nos cuesta mucho trabajo imaginar eso. La fantasía reiterada de los dominados, la del mundo al revés, donde las mujeres seamos las que tienen mejores condiciones de vida y no los hombres. En todo sistema desigual de poder, riqueza y rango social ha surgido esta inversión del mundo como promesa, y no es sólo algo abstracto, un sueño utópico sin sentido, al contrario, estas fantasías aparecen incorporadas en muchas prácticas y estrategias de resistencia femenina.

Por otro lado, siempre hemos podido negar el orden social vigente, el poder del hombre y del mismo sistema, en muchos sentidos y espacios colectivos. Las creencias utópicas de muchas mujeres imaginan vidas sin labores domésticas, sin la esclavitud del rímel, sin tener que afeitarse a diario, sin tener que ganar menos sueldo por ser mujeres, incluso llenas de hombres que les cocinen y cuiden de sus hijos mientras ellas van a trabajar o disfrutan del cine. Estos tipos de pensamientos a menudo aparecen disfrazados o en forma de alegorías, por la sencilla razón de que hacerlos explícitos dentro del sistema patriarcal sería muy arriesgado y una temeridad absurda, serían consideradas ideas revolucionarias. Muchas mujeres temen a la severidad de las represalias y con justificada razón, otras pueden sentirse desengañadas por anteriores fracasos, pero eso no quiere decir que se resignen o que consientan la brutalidad y la violencia con la que han sido tratadas durante siglos.

Ante la dominación masculina y el sistema social patriarcal muchas mujeres han decidido revelarse (Gargi, Hypatia, Las hermanas Trung, Juana de Arco, Madre Teresa de Calcuta, Teresa de la Parra, Marie Curie, Dian Fossey, Maris Bustamante, Simone de Beauvoir, Mary Leakey, Ruth Benedict, Rigoberta Menchú, Sor Juana Inés de La Cruz, Gabriela Mistral, Domitila Barrios de Chungara), reaccionar desesperadamente (Lorena Bobbit), protestar colectivamente (Madres de la Plaza de Mayo, las feministas de todos los países) y un largo etcétera de actitudes no precisamente pasivas ni de sumisión a lo inevitable. Todas ellas son pruebas históricas que dejan sin base a las teorías de la naturalización y la falsa consciencia, tampoco dan la impresión de que nosotras nos quedamos paralizadas frente a los discursos hegemónicos con los que el sistema pretende hacernos creer que nuestros esfuerzos son inútiles.

         Entonces, ¿cómo explicar la sumisión, la resignación y el consentimiento que según los expertos y los no expertos muestran las mujeres ante el sistema patriarcal? Toda dominación produce un discurso oficial, una careta pública, que ofrece pruebas fehacientes de complicidad voluntaria, incluso participativa de las mujeres hacia el propio sistema que las subyuga. Ellas han elegido evitar cualquier manifestación explícita de insubordinación pero sin abandonar la resistencia, parecen acciones excluyentes, pero no lo son. Han optado por estrategias de resistencia que evitan una confrontación abierta con las estructuras de autoridad. Sólo cuando las medidas menos radicales no surten efecto, cuando la sobrevivencia (la vida misma) se pone en juego o cuando hay señales de que se puede revelar con relativa seguridad entonces la mujer sigue su sed de libertad completa y se entrega al desafío abierto, a veces sola y otras acompañada.

Es lógico que el discurso oficial (público o ante terceros) entre una mujer y un hombre (entre una empleada y su jefe, entre una hija y su padre) está lleno de servilismos y eufemismos por parte de ellas, y de pretensiones de estatus y de legitimidad por parte de ellos. La mujer que hace sola cualquier acto subversivo lo menos que quiere es que la descubran, porque sabe que el sistema no ha cambiado (o no lo ha hecho del todo, o no lo suficiente). El desenmascaramiento de las apariencias que sostienen suele no ser muy útil a las personas subordinadas dentro de un sistema de dominación-subordinación, apoyado además por factores económicos, políticos, sociales y culturales que de forma muy clara las desfavorecen. (Para muestra un botón: mayor desempleo, feminicidio, violaciones sexuales, malos sueldos, comen menos o comen las sobras cuando la casa está llena de hombres, prostitución, trata de blancas…)

Los actos de desesperación pueden ofrecernos pruebas de que sí existen estrategias de resistencia menos desafiantes, pero dichos actos sólo se dan en momentos de crisis, sin ella sólo podremos decir que las mujeres efectivamente se están portando lo mejor posible y que consienten su opresión. Por otro lado, muchos hombres (y los sistemas patriarcales) optan por no hacer públicas las demostraciones femeninas de rebeldía porque no desean llamar la atención hacia esos desafíos silenciosos y eficaces, ocultos pero potentes que ellas hacen. Así muchos matrimonios, por ejemplo, entran en una dinámica que mantiene fuera del ámbito público sus conflictos internos, esas pequeñas formas en que al final “ella siempre se sale con la suya” (como piensa el marido en privado y sin testigos).

No podemos negarlo, existe una necesidad práctica de que las mujeres nos protejamos a nosotras mismas congraciándonos con los dominadores (e incluso a nuestras hijas enseñándoles cómo se hace), siendo observadas y controladas (y discriminadas) desde arriba, desde la postura patriarcal y su poder apoyado por el sistema, a menudo algunas pueden convertirse en esposas abnegadas que sirven comida caliente a sus maridos, aunque en el fondo, “calladitas y bonitas”, están aguardando el momento oportuno para envenenarlos, o pasan mucho tiempo pensando cómo hacerlo o disfrutando con la sola idea de imaginarlo muerto.

Considerar que las mujeres somos éticamente sumisas sólo porque nuestras protestas y argumentos respetan las formas del género dominante (y del sistema patriarcal) al que estamos desafiando es y sería un error (incluso si la que te lo echa en cara es otra mujer). Las representaciones públicas de las exigencias de las mujeres como la de las mayorías de los grupos subordinados de la historia tienen casi siempre una dimensión estratégica que influye en las formas que toman. Mientras el sistema siga siendo patriarcal, es imposible saber sólo por lo que se dice y sucede en la escena pública, qué tanto del apoyo de algunas mujeres (y hombres) a los valores machistas y patriarcales es prudencia y formalismo, y qué tanto es verdadera sumisión ética.

Las mujeres casi siempre tenemos que mirar hacia arriba porque sabemos que si no lo hacemos no seremos atendidas en lo que necesitamos. Si realizamos una petición desesperada es común que mezclemos dos elementos contradictorios: una amenaza implícita de violencia y un tono respetuoso en la manera de hablarle a un hombre. Hemos aprendido, porque nuestra condición subordinada ha durado siglos desgraciadamente, a disimular nuestra resistencia y desafío a través de ritualismos de subordinación que sirven para disfrazar nuestros verdaderos propósitos  y también para dejarnos la puerta trasera abierta… en caso de que nuestras acciones fracasen.

¿Cuáles han sido las estrategias más comunes de las mujeres?

Sin perder de vista las acciones guerreras y públicas de las mujeres profesionistas que ha luchado por nosotras en todos los tiempos, ejecutivas, empresarias, matemáticas, astrónomas, psicólogas, activistas, científicas, políticas, médicas, antropólogas, escritoras, politólogas, pintoras, filósofas, entre muchas más… me gustaría hablar de las acciones que permanecen en el ámbito de lo oculto y que no por eso son menos activas o notables que las anteriores. En conjunto, actos públicos y clandestinos de millones de mujeres ―de TODAS la razas, clases sociales, niveles de instrucción y nacionalidades― han conformado el profundo, cultivado y consciente arte de la resistencia femenina.

·         Actuar en el anonimato (revisar su mail, su cartera, espiarlo en el sitio donde come en las horas laborales).

·         Los eufemismos (“sí, mi amor, lo que tú digas”).

·         El refunfuño o poner mala cara.

·         La participación masiva en la transmisión de la cultura oral (las historias del secreto poder femenino reforzadas por la línea materna).

·         La inversión simbólica (el imaginario del mundo al revés).

·         La manipulación (dirigir toda la conversación con astusia y luego hacerle creer que es Él quien toma las decisiones de la casa y de la familia, y de todo lo que concierne a la vida de pareja; torturarlo psicológicamente y manejarle la culpa).

·         El chisme (en el cual no se les trata precisamente con sutileza o reverencia a los hombres).

·         Poner a prueba los límites del hombre pero de forma segura (fastidiarlo poquito a poquito pero constantemente).

·         Robos furtivos (a su cartera, a sus cuentas, disfrazar los gastos para que parezcan domésticos y usarlos para otras cosas; memorizar todas sus claves bancarias, de cajeros, de celulares, de bancas virtuales para cuando… puedan ser útiles… una nunca sabe).

·         Cuentas de banco o negocitos clandestinos (la tanda con las amigas; la venta de productos por catálogo que Él ignora).

·         Lentificar las labores domésticas o cometer supuestos errores (no le planchas las camisas en una semana; se te quema el arroz).

·         La negación consciente del coito sexual (“ahora no que me duele la cabeza”, “estoy cansada”, “los niños pueden oírnos”) y quizá también inconsciente -por desgracia en detrimento de nuestra propia salud- (infecciones vaginales, vaginitis, cáncer de mamas, cólicos menstruales, dolor de los senos, mal aliento, etc). *Bien dicen algunos psicoanalistas que cuando las “revoluciones” no se hacen del todo abiertas y hacia fuera de uno mismo, se hacen hacia dentro y el cuerpo se vuelve el escenario.

·         La creación de espacios autónomos para afirmarnos solas o en compañía de otras mujeres (las idas al gimnasio o a la manicurista; el día en el estilista retocándonos el tinte de cabello; guisando juntas en la cocina; ir al tocador en masa femenina; los días de tianguis o mercado; ir al cine con las amigas; hablar del ridículo tamaño del pene de sus parejas o pretendientes; o burlarnos porque se creen los súper amantes… se Creen; nuestras horas fabulosas con Mister Dildo; la visita semanal a la “amiga de toda la vida” que curiosamente es un italiano grandote y fornido).

·         Pequeñas venganzas (gastamos la mitad de su crema de afeitar preferida en nuestra piernas y decimos: quién sabe qué le paso; quemamos su camisa nueva con la plancha… uppsss; nos tardamos en salir del único baño porque dizque tenemos dolor de barriga mientras hacemos tiempo sentadas sobre la tapa del WC; por accidente dejamos caer mortalmente el control de la TV o un vaso de agua sobre su playstation último modelo).

 

Diálogo con Los dominados y

el arte de la resistencia

de James C. Scott

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