Etiquetas

, , ,

niños especiales

A las madres y los padres. Por Lulú y Jan, Eve y Maryorys.

Hace unos días hablaba con Juan Manuel sobre las cosas que están pasando en esta civilización apegada a la ciencia y la tecnología que está tratando de mediatizarlo todo, hasta la bondad y el alma humanas.

Él me hablaba sobre el proceso de cómo llegan ahora los niños a la vida, algunos con reproducción asistida o por vía natural, otros a través del control de calidad que ejercen la medicina y también algunos padres y madres. ¿Viene bien el bebé? preguntan incansablemente los progenitores a los médicos cuando miran el corazón de su hij@ latiendo en el ecosonograma, o mientras observan los resultados de pruebas genéticas  que parecen escritos en una lengua extraña. Una vida humana que cuestiona a otra vida para saber si le da permiso o no para estar vivo. No sé si está bien o mal, ¿es el camino?, no lo sé, pero se me estruja algo adentro del pecho cuando lo pienso.

Hay cosas de la naturaleza que no pueden controlarse. O quizá nunca se pueda para nuestro bien. Hoy por hoy siguen existiendo niñ@s que nacen y viven con autismo, síndrome de asperger, déficit de atención, síndrome de down, etc. Menos mal, digo yo. Ojalá NUNCA podamos controlar del todo el cómo nacemos y quiénes nacen o no. ¿Mi deseo es moralmente correcto?, no lo sé, pero allí está, es lo que es.

Leí en alguna parte una explicación sobre por qué vienen es@s niñ@s especiales a este mundo. Me dejó pensando. La ciencia y la tecnología siempre ha batallado con la vida para normalizarla, para que todos al nacer seamos iguales. Luego del nacimiento contamos con el apoyo de la educación formal, otro invento humano institucionalizado, que intenta pulir el trabajo pre-hecho por la ciencia. El resultado de esta lucha siempre ha tenido un ingrediente de fracaso. Digo que menos mal porque con tanta normalización de la vida puede que se nos olvide que no somos iguales, que en las diferencias que tenemos yace la chispa de lo humano, de la variedad, de la convivencia, de la  alegría.

Sin el nacimiento de niñ@s que salen de la norma no tendríamos ese constante choque de antagonismos vitales que obliga al humano a reconciliarse con su propio lado oscuro, ése que no le gusta. Y para que algo crezca, se desarrolle, devenga profundidad, en nosotros como personas, se requiere de los antagonismos, de los reflejos del espejo (físico y simbólico), del otro, de lo Otro. De lo NO-IGUAL. ¿Quién desea vivir en una sociedad de androides artificiales, todos iguales? Yo no, yo deseo vivir ENTRE Y CON HUMANOS, todos distintos.

Ellos y ellas, niños diferentes, han venido a compartir con nosotros en la sociedad para mostrarnos esa parte de nosotros mismos que deseamos “barrer y ocultar debajo de la alfombra”. A obligarnos a pensar en ella, a vivir para trascender lo que no nos gusta, eso que odiamos, que aborrecemos de nuestra personalidad. Es un llamado a aceptar nuestra multi-dimensionalidad. Creo que por eso les tenemos tanto miedo y queremos eliminarlos (no verlos) a punta de ciencia, de manejo de genes, o de cualquier técnica o procedimiento que los quite de nuestra mirada. Como si esa “basurita” que ocultamos de nosotros dejara de existir por no estarlo viendo todo el tiempo.

Pensamos que la existencia (y la felicidad) sería más fácil si no te toparas en la vida con niñ@s que te recuerdan que esa homogeneización que pretendemos hacer es un gran fiasco. UNA TRAMPA. Y ésta no ha sido la única. Podría citar muchas otras trampas donde hemos caído: hacer transferencias bancarias para ayudar a miembros de nuestra misma especie del otro lado del mundo, esos que mueren de hambre, antes abríamos la puerta de nuestras casas para darle pan al viajero que pasaba. Ahora depositamos en cuentas bancarias, nuestro dinero, éste da la vuelta por todos los bancos hasta llegar a la cuenta de alguna ONG que hace su labor. Así, con tantos intermediarios, cuándo veremos adentro de los ojos del viajero que ayudamos, cuando disfrutaremos de la sonrisa de ese niño a quien le obsequiamos su primer regalo de navidad, no hay intercambio de miradas, ni de sonrisas, ni de nada. No hay humanidad. Ni bondad. Sólo cuentas bancarias, artificiales, frías: amor tecnologizado. Ágape, el amor incondicional y reflexivo, en su versión cyber. Un asco.

Esta normalización se hace ora con los niños, ora los homosexuales, las mujeres, los inmigrantes, los negros, los indígenas, la comida natural, la medicina ancestral, la contemplación, el arte, la literatura… ¿hasta cuándo ocultaremos la chispa de lo humano debajo de la alfombra? La parte MUY positiva del persistente fracaso de nuestros científicos y médicos es que vivir en un mundo igual, plano, sin relieves, lleno de personas iguales, planas, sin relieves, sería francamente un NO rotundo al deseo, al alma, una desgracia mundial nunca antes vista. Qué bueno que fracasan, y ojalá lo sigan haciendo.

La dimensión profunda de lo humano se perdería si ellos ganaran y si hay algo que yo valoro con toda mis ganas es seguir siendo humana. Tampoco quiero que hayan niños no deseados y abandonados en el mundo, pero no creo que la forma en cómo estamos haciendo las cosas sea la correcta. Inventemos otra. Deseo disfrutar de mi alma, esa identidad mía que no depende de la realidad material de mis partes constituyentes, ni de mi fisiología, ni biología. Tampoco del dinero.

Hoy levanto mi voz para salvaguardar el espíritu, eso intangible y MARAVILLOSO que nos hace humanos.

Con amor, Nadir

Anuncios