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He estado hablando con ellas, escuchándolas (que no oyéndolas), leyendo sus mensajes en este blog, investigando profundo en mí… y pareciera que los miedos de las mujeres tienen todos características similares, pasados (o antepasados) en común. Quizá se trate de UN ÚNICO MIEDO y no de varios. Tal vez te cueste un poco entender el significado de este mensaje si no eres mujer.

A menudo, por no decir casi siempre, en nuestro miedo femenino hay un hombre, otros hombres, una figura masculina reconocible o no, un “fantasma”, una “sombra”, pero “eso” más allá de los detalles que lo describen siempre termina teniendo una figura o un nombre o una actitud de hombre, preferiría decirle: “masculina”.

Lo que entiendo por “masculina” o “masculino” va más lejos de un falo o de un humano con un órgano sexual o un género, es un “algo” político, social, económico real que deviene realidad y espectro a la vez. No le encuentro un nombre preciso, porque ese miedo no tiene formas precisas y si las tiene no las conserva siempre igual a través del tiempo, surge, varía, muta, adquiere formas de otras formas. Atraviesa paredes, membranas, ideas, creencias, paradigmas y hasta generaciones. Se mimetiza. Convalece, parece que muere y, de buenas a primeras, de repente sigue más vivo que antes. Y no te avisa: “acá vengo, prepárate”, sino sólo renace, como si nada, con su intimidación completa como si nunca se hubiera extinguido.

Me refiero a eso que te persigue cuando vives sola o acompañada, cuando tienes o no tienes pareja, cuando tienes o no tienes hijos, cuando te embarazas o cuando abortas, cuando estudias y cuando no estudias, cuando ganas un sueldo y cuando no lo ganas, cuando lavas la ropa a mano o cuando le pagas a alguien que la lave por ti en la lavadora. Me refiero a la “sombra” que camina durante la noche por tu casa, pero que sabes que la puerta está cerrada y es imposible que haya alguien. O cuando vas caminando por la calle y tienes que voltear cada cinco minutos porque sientes que eso te persigue. O cuando cualquier encuentro con un hombre, llámese médico, ginecólogo, cerrajero, plomero, técnico, psicoanalista, fisioterapeuta, jefe, amante, pareja, padre, hijo…. te despierta (o re-despierta) esa vulnerabilidad que creías ya superada. Cuando eso te logra atrapar en la paranoia, en el pánico, en el total abandono y autoabandono. En tu condición desvalida de cualquier tipo: laboral, profesional, personal, relacional, social, física, económica… cualquiera. El “fantasma”, eso que persigue a las mujeres, sea cual sea su condición.

Hablo además de las pesadillas, porque tampoco descansas de eso durante la noche ya en tu cama. Esas pesadillas donde un eso sin cara conocida (o de plano sin cara) te dice o hace o pretende hacerte cosas que no quieres: contra tu voluntad. O hacérselas a tus hijos o a tu pareja o a tus amigas. Eso que te dice al oído que si un hombre (o el patriarcado) quiere poseer tu cuerpo y tu alma lo hará cuando quiera porque es más fuerte que tú, porque no podrás defenderte del todo aun queriendo hacerlo.

Miedo de eso. A eso.

¿Qué hacer con tu miedo?

Esculcarlo. Hacerlo familiar aunque no quiera dejarse. Voltearse y tratar de reconocerlo. De entender por qué te persigue. Buscarle un nombre familiar, acercarlo a ti para que puedas develarlo, verle el rostro. Tocarlo. Sentirlo más de cerca. Que si ha de respirar que te respire al oído pero cuando tú se lo pidas y sabiendo qué quiere decirte. Que si camina, tú camines sobre sus pasos con afán de conocerle mejor. Que si ha de crecer que sepas que crece, cuándo lo hace, por qué y mejor aún: para qué. Convivir con él como se convive con un conocido amigo a quien le conoces sus mañas o al que le dejas sorprenderte de vez en cuando con algo nuevo, tan sólo por aprender de él. Contempla, escucha a tus hermanas, madres, hijas, amigas… a las mujeres de tu vida, a las que saben de eso tanto como tú porque ya lo conocen… para que entre todas logremos finalmente penetrarlo.

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