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Este año ha pasado tan veloz que también se queda quieto. Son mis dos mundos en pleno apogeo rimbombante. Uno está lleno de vueltas contundentes de páginas, escribo, leo, corrijo, releo, paso la hoja. Del otro lado del papel me espera una blanca hoja donde seguir escribiendo(me). El otro, el mundo quieto, estático, no es menos vertiginoso, pero se mueve diferente. Si me pidieras más detalles te diría que es un mundo que vibra, oscila, “tintinetea”, si es que esa palabra existe. Tienes razón, a menudo me gustaría salirme de mis dos mundos y largarme a conquistar otro nuevo, donde el nombre Nadir no signifique nada o signifique más. Seguramente aún ansío esa conquista o la otra y ninguna será trascendental. En mi mundo estático las cosas materiales valen poco más que un pepino viejo, podrían ser piedras, oro, premios, títulos, da igual. Todo es exactamente lo mismo. Un mundo que vuela suspendido, aletargante y realmente compasivo. Como la luz en los ojos de Runa, mi gata, cuando me mira. Me mira porque sí, le caigo bien y ya. No hay nada más que buscar. Hoy es un sábado genuino, ya no quiero pensar, sólo deseo permanecer celularmente en ese abrazo: en el placer de lo quieto.

Nadir Chacín

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