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Hoy mientras leía el artículo Aprender a ser flexible (de Xavier Guix, en El País) pensé en esta pregunta: ¿Dónde empieza lo ajeno? Parece que los seres humanos tenemos una tendencia, cada día más acentuada también por la tecnología como los celulares o las redes sociales, a mover los límites que separan lo ajeno de lo propio, lo público de lo privado, lo íntimo de lo social. Traemos integrado un chip controlador y pensamos que mientras más sobrepasemos esos límites será más fácil sobrevivir en este mundo inhóspito de las relaciones interpersonales. Los límites son tan necesarios… tanto… y algunas personas hasta sienten culpa de ponerlos. Si yo no marco mis límites de una  forma consciente lo más probable es que no tenga claro cuáles son, no tiene mucho que ver con los demás, sino con mi propia forma de estar en el mundo, que es mi mundo. No es posible ser feliz y estar en paz sin saber dónde termino yo y empiezan los otros, esa separación me permite ser operativa/o en la vida cotidiana, me permita también establecer prioridades, saber cuándo estoy metiendo mis narices en asuntos que no son de mi incumbencia. Todos estamos conectados, sí, y hay que cultivar esa conexión, coincidir con otros seres humanos en lo bueno y lo malo de la vida, eso está perfecto, pero también somos seres individuales, necesitamos y nos urge una vida propia. Las dos cosas. El mundo del que hablo siempre es mi mundo, tu mundo, un mundo individual, yo lo construyo, tú construyes el tuyo. Siempre puedo/puedes elegir qué hacer y cómo sentir, ése es mi/tu mundo. Para que mi mundo sea lo que yo deseo y pueda estar cómoda en él, hace falta la pregunta básica de todos los días: ¿qué me gusta de mi mundo y qué no me gusta? Tener la valentía de vivir lo que quiero y los cojones/los ovarios para cambiar lo que no quiero. Te vendrá bien decir STOP de vez en cuando.

Lectura recomendada: Katie Byron, The Work

Que tengan feliz domingo, mi gente.
Nadir Chacín

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