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The Port William in Trebarwith Strand, North Cornwall, UK

A Mariano y Mariana
A Sarah, David, Eliza, Toby, Dave y Jos

Hace más de tres meses que salí de México D.F., mi segundo hogar, rumbo a Europa tras un sueño delicado no tan antiguo. (Al menos no conscientemente antiguo.) Llevo este tiempo viviendo con una adorable y numerosa familia en un pueblo al sur de Inglaterra llamado Teignmouth, junto al mar. Aquí vivo, trabajo, como, duermo, sueño y tomo mucho té. Aquí existo y he existido.

Cuando subí al avión el 17 de febrero tenía esa extraña sensación de que algo o alguien me llamaba desde este lado del charco. Ese llamado se volvió un grito fuerte, un desgarro, una revelación con voz propia. Han sido meses duros, siento que lo he vivido todo, el abandono total, el anonimato, la desolación, la alegría infinita, la conexión sagrada, el amor, la duda, el asombro, todo. Mi tarotista en México -a quien visito siempre antes de viajar- me dijo que venir a Europa iba a significar mucho en mi crecimiento personal, como siempre Enna no se equivocó. He madurado tanto que me deterioré, mi cuerpo se arrugó, morí y volví a nacer en el mismo lugar que quizá en otros siglos me vio morir. Tal vez dirás “Nadir enloqueció”, pero para personas como yo morir buscando la muerte de forma intencional es un gran logro de desapego a este mundo, a este cuerpo y a esta historia temporal a los que escogí venir -quien sabe por qué inexplicable razón.

En mi blog no suelo hablar así tan directamente de mis búsquedas y descubrimientos espirituales. Tampoco de mis muertes seriales. Cuando digo “morir” o digo “muertes” me refiero a esas experiencias afortunadas en que todo lo que yo creo que soy se hace añicos para decirme que no soy lo que creo que soy. Aquí en mis escritos he tratado siempre de mantener los argumentos dentro del más asible mundo de la psicología y sus propuestas prácticas. Un mundo quizá un poco más cómodo para mis lectoras y para mí, un mundo que da menos miedo. Tendrán que perdonarme hoy, sólo tengo emociones sagradas para acercarme a describir lo que mi mundo predecible de primitivas palabras no sabe nombrar.

Diré lo que he hecho en este viaje tal cual lo siento. Estuve en el mítico Stonehenge donde los siglos laten debajo de los pies. Busqué huevos de chocolate en el jardín de la casa con mi familia actual durante la Pascua. Participé en danzas colectivas en Totnes, un pueblo que es un viaje asombroso a los setenta. Caminé por parajes desiertos en Dartmoor mientras caballos salvajes comían sin miedo de mi mano. Vi árboles gigantes sin hojas cubiertos de musgos, mejor dicho descubrí que sí existen árboles caminantes, barbudos y con poca ropa -como los de Tolkien. Fui al Castillo de Tintagel -donde dicen que nació el Rey Arturo- para literalmente caerme, pegarme en la cabeza, morir y volver a nacer. ¿Pero qué es lo que he aprendido?

Supe que tanto musgo no era musgo, que los caballos no eran caballos y que los humanos que he conocido aquí y los que antes conocí no son sólo humanos. Somos todos lo mismo, musgo, lluvia, caballos, árboles, humanos, palabras, ropas, cuerpos, vivos, viento, muertos. Somos eso que no tiene nombre, eso que nos trajo “ahora” y nos despedirá “mañana” para traernos de nuevo “pasado mañana”. El tiempo no existe, es una ilusión útil. La materia es un disfraz que nos permite aprender, obtener sabiduría. Las circunstancias, los estilos de vida, el dinero, el amor, la ropa, los cuerpos, la comida, las ideas, las historias que nos hacemos, las personas que nos encontramos, las desgracias que nos pasan, son “vehículos para” el alma. Nosotros somos esa energía indescriptible que palpita eternamente y que jamás nace ni muere. Los humanos somos almas que viajan. Próxima estación: Barcelona, España.

Desde el ombligo del asombro,
Nadir Chacín @nadirchs

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